Lucio Fontana

Lucio Fontana Otrura Inspiraciones

Ambiente spaziale a luce rossa 1967.2017

 

Es posible que se trate de los proyectos más experimentales y menos conocidos de Lucio Fontana. Trabajó con su amiga la monocromía pero cambio el cuchillo a un lado, para trabajar el corte con una estructura. Siguió investigando sobre el tratamiento del espacio y la luz, en esta ocasión no sobre la tela. Sobrepasamos el material, es sobre los pasillos, sobre los espacios.

En 2017 , bajo el comisariado de Marina Pugliese, Barbara Ferriani y Vicente Todolí, HangarBicocca, el centro milanés que este último dirige, exhibio una recreación de nueve Ambienti spaziali. Dos intervenciones ambientales que Fontana llevó a cabo entre 1949 y 1968 en varios centros expositivos.

La mayoría de estos proyectos se destruían al finalizar las muestras de las que formaban parte. Por ese motivo pocos asocian a Fontana estas intervenciones realmente innovadoras para su tiempo. Entre los que recupero HangarBicocca, algunos se reconstruyeron por primera vez desde la muerte del artista en 1968.

El espacio entre espacios, el corte con las sombras y materiales, nos permite adentrarnos en un espacio que reflexiona en su esencia para transmitir al que lo habita o transita.

En los años en que trabajó en estas intervenciones, Fontana había llegado una conclusión. Debía superar sus transgresiones sobre lienzo. Ir más allá de los medios y las posibilidades que ofrecían la pintura y la escultura a la hora de explorar el potencial del espacialismo para romper las convenciones de nuestra percepción.

En 1949, maduro en su obra, presentó en la galería milanesa Naviglio Ambiente espacial con luz negra. Su primer intento por introducir al espectador en dimensiones ajenas a las del cuadro. Buscaba conquistar una libertad entonces revolucionaria. Su objetivo era la defensa de que el arte podía tener lugar en cualquier forma. Cualquier medio y prácticamente en cualquier lugar es posible.

Se trataba de una sala pintada totalmente de negro. Se iluminaba, y en la que flotaban, en la parte alta, formas orgánicas de colores fluorescentes semejantes a amebas. Esas formas incidían en el vacío de la sala. Un vacío que posibilitaba que el espectador creara allí un tiempo propio, se situara en coordenadas inventadas y desarrollara, con un libre albedrío inusitado, las capacidades de sus sentidos y su intuición.

Aquel Ambiente espacial con luz negra no logró ni mucho interés ni buenas críticas. Como sucede en muchas ocasiones sí incidiría, cómo los posteriores ambientes espaciales de Fontana. Asi se vio en «environment» a cargo de Oldenburg o Jim Dine. Pese a la falta de respaldo, el artista de origen argentino continuó esa línea de trabajo con provechosos resultados, llevando los ambienti por todo el mundo.

Dos años después, en la Escalera de Honor de la IX Trienal de Milán. Presentó otro espacio consistente en un arabesco de luces de neón, y la serie continuó hasta su poderoso broche final: en la Documenta IV de Kassel, en 1968. Se trataba esta vez de un laberinto absolutamente blanco y muy luminoso (también recuperado en Milán). En él intervino de nuevo el corte, la «raja» sobre un soporte blanco. En cierto modo, estos ambientes son la culminación del viaje hacia otros mundos, un punto místicos o siderales, a los que buscaba conducirnos con sus agujeros: al colocarnos frente a la nada, podemos llenar el vacío con nuestra paz o nuestra angustia.

Es decir, es vivir el arte y la evolución de los materiales para adentrarnos en el.

Ya lo decía en 1947, en su Primer Manifiesto del Espacialismo: El arte podrá vivir un año o milenios, pero siempre llegará la hora de su destrucción material. El gesto es eterno, la materia no.

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